De niña, una de mis tareas favoritas era dar vuelta las partituras mientras mi mamá acompañaba al piano al coro de mi papá. En ese momento no lo sabía, pero veinticinco años después iba a ser yo quien estaría sentada al piano, acompañando el coro de mi viejo.
Todos los coros son diferentes, cada uno con sus características, repertorios e ideas. El coro del que hablo cuenta con alrededor de cincuenta adolescentes, que ensayan de manera sostenida y realizan una o dos giras por año por distintos puntos del país. Acompañar estos procesos desde el piano implica una escucha permanente: estar atenta al grupo, a las voces, a los tiempos y a la energía colectiva que se construye ensayo tras ensayo.
Acompañar un coro también es una experiencia corporal. Estar al piano requiere presencia, concentración y una atención constante: sostener el pulso del grupo, anticipar entradas, acompañar afinaciones y adaptarse a los distintos momentos del trabajo colectivo. El piano no ocupa un lugar protagónico, pero sí fundamental: sostiene, ordena y acompaña.

A la vez, viajar con chicos que están en plena etapa de formación requiere desarrollar un costado profundamente humano. Transformarse por dos semanas en cuidadora, consejera, enfermera y en otras profesiones que una no estudió. Aprender a resolver no solo los propios problemas, sino los de muchos adolescentes que necesitan cosas muy distintas entre sí. Y todo eso en un contexto donde se come mal, se duerme en el piso y a veces se aprende a bañarse con agua fría.
No escribo esto desde la queja, sino desde la conciencia de lo ardua que puede ser una tarea que, al mismo tiempo, trae una enorme satisfacción. Cuando algunas personas piensan que ser pianista es simplemente “bajar teclas”, siento la necesidad de contar que puede ser mucho más que eso. Puede ser abrazar, acompañar no solo las obras sino también a las personas. Porque cantar juntos hace bien, y saberse parte de un proyecto formativo que involucra a tantos chicos da una alegría y una satisfacción difíciles de explicar.
Estos coros tienen, además, una característica particular: el recambio permanente. Cada año, cuando los estudiantes terminan el secundario, algunas voces se van y otras nuevas llegan. Ese movimiento constante implica volver a empezar una y otra vez. Acompañar estos procesos me llevó a comprender los ciclos y a entender que empezar de cero no es un fracaso, sino una oportunidad. Volver a construir es parte del crecimiento, y ese movimiento —entrar, salir, recomenzar— es también una forma de vida.
Hoy estoy dejando este trabajo, pero me llevo una experiencia que atravesó profundamente mi forma de hacer música, de enseñar y de proyectar. Haber acompañado coros me reafirma, una y otra vez, que la música es una forma de abrazar, de fortalecer vínculos, y que acompañar procesos es, muchas veces, tan importante como llegar a un resultado.

